Natalia

Hay un viejo dicho que dice que nunca terminamos de conocer a las personas, lo cual es cierto, pero lo contrario también: nunca empezamos a conocerlas.

Natalia es un misterio, un rompecabezas escondido en un acertijo. Nunca supe mucho de ella no obstante haber sostenido una cordial amistad de varios años. Ignoro si Medellín es su ciudad de origen o de donde viene o en donde vive. No puedo, siquiera, dar testimonio fehaciente de su nombre.

Pero en fin, todos tenemos el derecho a guardar nuestros secretos y el privilegio inalienable a reinventarnos. No soy quien para juzgar los motivos de su sigilo o cuestionar el ejercicio de su independencia. En fin de cuentas la vida es corta y solo estamos aquí de paso.

Tuve el privilegio de fotografiarla en diferentes ocasiones a lo largo de los años. Siempre me gustó su alegría de colegiala y su disposición para acomodarse a cualquier requerimiento. Me entristeció un poco enterarme, tardíamente, de su viaje a Europa, habría querido despedirme, desearle un buen viaje y quizás aventurar un consejo o dos. De todas formas, Natalia, mis mejores deseos donde quiera que te encuentres.


 

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