La ciudad de los Espejos.

Miami siempre me pareció una ciudad demasiado brillante para mi gusto. Es posible que esa antipatía provenga de mi natural melancolía mediterránea o de la ausencia del mar en las fotografías de mi infancia. Puede, también, que sea un hombre cargado de amargura que ha perdido el gusto por el vida, o no. Pero si tuviese que describirla en una sola frase, diría que Miami es una ciudad sin alma.

Supongo que a quienes la aman, su atractivo radica en lo sorprendente que resulta la más trivial alteración en la interminable repetición de calles iguales, flanqueadas por casas iguales en la que pareciera no vivir nadie. De otra forma no puedo explicarme la fascinación que les inspira.

Se que hay gente que la ama sin reticencias ni medida. Algunos porque en ella encontraron refugio a las dictaduras o la pobreza y otros porque hallaron santuario para esconder sus crímenes y/o su dinero malhabido. Y claro, también están los nativos, los que no conocen ningún otro lugar y el corazón no los llama de otro lado…

Es cierto que hasta la más rutilante baratija posee cierta belleza y que el esplendor multicolor del carnaval y las explosiones de luz de la pirotecnia son capaces de deslumbrarnos con su resplandor y colorido. Pero son bellezas fugaces, pasajeras, que solo existen por el breve instante en que brillan para luego se consumirse, en un instante, como fuego fatuo. Así es Miami.

Estas fotos fueron tomadas durante los meses de Octubre y Noviembre del 2017. Espero les gusten.

 


 

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