Soliloquium

El Soliloquio

Para la primera mitad del siglo XVIII el Soliloquio ya había sido despojado de todas sus propiedades ontológicas y reducido, sin más, a una deslucida  palabra, cuya utilidad se limitaba al uso en sainetes y comedias y cuyo significado vagamente evocaba la definición de “monólogo”. En efecto, el tomo VI del Diccionario de Autoridades de la Real Academia de la Lengua (1739) lo define como “La conversacion (sic), que alguno tiene consigo solo, como si estuviera hablando con otro.” y agrega a continuación el mencionado diccionario: “Usase freqüentemente (sic) en las Comedias, Diálogos, y Novelas, y viene del Latino Soliloquium.” ¹

Pero no siempre fue así, el Soliloquio tuvo una ilustre existencia en el pensamiento de los filósofos, las visiones de los místicos y los cantos de los poetas de la antigüedad. Su gloria fue exaltadas en las leyendas y la mitología de civilizaciones y su permanencia protegida con el honor de incontables dinastías.

En la extraordinaria taxonomía de los seres espectrales, incluida en el segundo volumen de la “Naturalis Historiae” de Sir Cristopher Woodward, publicada en Londres poco antes de su muerte en 1675, se dice que el Soliloquio habita los libro proscritos de las bibliotecas y la fe de erratas de los libros abandonados en los desvanes. Nadie sabe a ciencia cierta por que su existencia se reduce a un ámbito tan precario, si fue acaso un destierro impuesto por los dioses regentes del abecedario, o fue el gusto al papel en sí mismo, o si fue la oscuridad entre las páginas lo que condujo al Soliloquio a llevar esa suerte de existencia al margen. Anaximandro el Viejo quien se jactaba, de manera un tanto impúdica, haberse cruzado con el Soliloquio entre los anaqueles polvorientos de la biblioteca de Alejandría, sostenía que el Soliloquio habitaba el espacio entre las palabras de los libros condenados al olvido.  

Algunos lo describen como una leve vibración del aire que se posa en el hombro de los iluminados y los sabios y les susurra los secretos del mundo al oído.

No existe consenso, entre los autores antiguos o modernos, sobre la naturaleza corporal del Soliloquio. Algunos lo describen como una leve vibración del aire que se posa en el hombro de los iluminados y los sabios y les susurra los secretos del mundo al oído. Otros dicen que es más bien una tímida luz que arde en el aire mustio de los desvanes y devela a los bienaventurados, en forma de imágenes móviles, la intrincada incertidumbre del porvenir o la rigidez del ayer irrevocable.

Aunque en general, las diferentes visiones del pasado tienden a presentarlo como un ser benévolo o edificante, no todos los que se lo han cruzado en el camino, bien sea personalmente, bien sea como sujeto de estudio, tienen las mismas opiniones. En el “Naturalis et Spectris Compendium”, por ejemplo, Baruch de Umbría (1198 – 1262), se refiera al Soliloquio como una suerte de demonio diminuto que se cría en las entrañas de los hombres disolutos, aficionados al vino magro de las tabernas y a la compañía ilícita de mozas y mancebos, y que luego asciende por el espinazo hasta instalarse, finalmente, en la cabeza de estos desdichados que se ven abocados, sin remedio, a la locura. Jorge Luis Borges (1899 – 1986) en el prólogo a la edición revisada de su espléndido opúsculo, “El Libro de los Seres Imaginarios”, contradice la descripción del viejo pensador ibérico y explica que lo más probable es que el viejo Baruch de Umbría, haya querido hacer pasar como encantamiento del Soliloquio, la sífilis pertinaz que lo llevó a la muerte.

Sin duda alguna las más inspiradas referencias al Soliloquio se encuentran en los pequeños poemas mozárabes del siglo XI, conocidos como jarchas, en los que el poeta, impersonando la voz de una mujer, canta sus penas de amor y sus anhelos en unos pocos versos de métrica variable. El Soliloquio aquí adquiere una doble presencia y el poeta, mediante el mecanismo de la suplantación, se convierte en “arte y parte” del poema.  

Apenas entre sí sin voz concluye

La Nympha el soliloquio repetido,

Quando vé que le huye,

Quien de sus penas la ocasion ha sido.

La primera referencia al Soliloquio, por fuera de la cultura greco-latina, se remonta a la época del Califato de Córdoba en el siglo IX bajo la regencia de Sulaiman al-Mustain también conocido como el Magnífico. El honor le corresponde a Abu Muḥammad ‘Ali Aḥmad, hijo del visir de Córdoba y poeta, filósofo, teólogo, exegeta del Korán y fundador de la secta Bahai o de la Introspección Divina. En el capítulo tercero de su gran obra “Polémica teológica con Ibn Nagrella”, en donde polemiza sobre los “ángeles y otros seres adyacentes” a Dios (Allah), se refiere al Soliloquio como “la voz interior” y como “la voz secreta de Allah, el que todo lo escucha”, pero no es sino hasta el capítulo quinto del mismo libro en donde sus opiniones se tornan más exaltadas y contundentes: El Soliloquio, afirma Abu Muḥammad ‘Ali Aḥmad, es “el guardián de los más profundos misterios” y más adelante agrega que [el Soliloquio] es “la mano que sostiene el velo que cubre el rostro inefable de Allah, el inescrutable”. Para rematar, y ya casi al final mismo del capítulo, asevera que el Soliloquio es el “Depositario de los cuatro mil nombres secretos de Dios” y que el deber de “todo hombre justo”, si es que quiere renacer a la gracia eterna de Allah, es escuchar pacientemente a la “voz que nos habla a cada uno con la lengua y los dientes de Allah, el resplandeciente” y discernir, entre todo el barullo de sus palabras, cada uno de los nombres de la onomástica divina. Este, según Abu Muḥammad ‘Ali Aḥmad, es el camino de la iluminación y la gracia eterna.

[el Soliloquio] es “la mano que sostiene el velo que cubre el rostro inefable de Allah, el inescrutable”

El gran aporte de Abu Muḥammad ‘Ali Aḥmad, es haber concebido al Soliloquio como un ser enteramente metafísico, sin corporeidad alguna y cuya existencia sólo es posible en el ámbito de las ideas, contrario a los pensadores precedentes que lo imaginaban como una especie de hada traviesa o un diablillo díscolo y presumido.

Por supuesto también el cristianismo ha terciado en el debate, pero no le reconoce ningún lugar destacado en la doctrina o la liturgia y se limita a llamarlo, de manera bastante prosaica, “la voz de la conciencia”.

De otro lado uno podría argumentar que el discurso de Freud sobre el inconsciente no es más que una presuntuosa sublimación del Soliloquio. Pero eso, queridos amigos, es otra historia.


¹ La vigesimotercera edición del Diccionario de la Lengua Española (2014), libre de toda ambigüedad ortográfica y pretensiones poéticas, pero sobre todo, libre de la sombra de las autoridades de la lengua, se limita a actualizar el estilo de la definición evitando referirse a su historia más allá de la etimología.

Del lat. soliloquium.
1 m. Reflexión interior o en voz alta y a solas.

2 m. En una obra dramática u otra semejante, parlamento que hace un personaje aislado de los demás fingiendo que habla para sí mismo.

 

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